Cuando se habla de la democracia europea, a menudo la atención se centra en una revolución particular o en una declaración específica, como si la democracia fuera una innovación institucional que apareció de repente en un día de la era moderna.
Pero si miramos hacia atrás en la historia, descubriremos un hecho más fundamental y a menudo ignorado:
Europa no aprendió de repente a ser una república,
sino que vivió durante mucho tiempo con la experiencia política de que “una república puede existir”.
La república en Europa nunca fue un destello momentáneo de inspiración,
sino una tradición institucional que abarca más de dos mil años.
Los asuntos públicos no pertenecen necesariamente al rey
Esta tradición se remonta a la Antigua Grecia.
¿Por qué la república apareció primero en Grecia?
La respuesta no reside solo en las ideas, sino también en la geografía.
La estructura natural del Mediterráneo —penínsulas fragmentadas, cadenas montañosas ondulantes, valles entrecruzados y una costa larga y sinuosa— moldeó de forma natural múltiples centros políticos y económicos relativamente independientes.
En un entorno así:
- El poder difícilmente podía concentrarse de forma duradera.
- Las ciudades gozaban de una amplia autonomía.
- La competencia entre múltiples centros se convirtió en la norma.
La república era precisamente la forma política más adaptada a este entorno.
En Atenas,
las reformas democráticas iniciadas en el 508 a. C. plantearon por primera vez de manera sistemática una idea subversiva:
La política puede ser un asunto público de los ciudadanos, no la propiedad privada de un gobernante.
La democracia ateniense, por supuesto, tenía estrictos límites de participación,
pero su importancia histórica no radica en si era “suficientemente igualitaria”,
sino en que demostró claramente por primera vez que:
- Las decisiones podían tomarse colectivamente.
- El poder podía rotar en lugar de heredarse.
- Los asuntos públicos podían existir independientemente de los individuos.
Una vez que esta idea surgió, se convirtió en una fuente imborrable del pensamiento político europeo.
La república no solo existió en pequeñas ciudades-estado
Si Atenas demostró que “una república es posible”,
la República Romana demostró además que:
Una república no solo puede existir,
sino que también puede funcionar a largo plazo en un gran estado.
Desde el 509 a. C. hasta el 27 a. C.,
la República Romana duró casi cinco siglos.
Los romanos usaban una palabra para definir el estado:
Res Publica — Asuntos públicos.
Esto significaba que:
- El estado no era propiedad de una familia.
- El poder se dividía deliberadamente y se equilibraba mutuamente.
- La ley estaba por encima de cualquier individuo.
Incluso después de que Roma entrara en la era imperial, el Senado, el sistema legal y la autonomía de las ciudades no desaparecieron.
La república se conservó en las instituciones y en la memoria, convirtiéndose en un importante recurso político al que las generaciones posteriores recurrirían constantemente.
La Edad Media no fue un período de vacío republicano
Mucha gente cree que en la Europa medieval solo existía la monarquía feudal,
pero la realidad es todo lo contrario.
En las regiones con un alto desarrollo del comercio, la navegación y las ciudades, la república no desapareció, sino que se trasladó a las ciudades, continuando su existencia bajo otra forma.
El ejemplo más famoso es la República de Venecia.
Desde el 697 hasta el 1797,
esta república sin rey existió durante más de 1100 años.
El Dogo ocupaba el cargo de por vida, pero estaba estrictamente limitado por múltiples capas de consejos e instituciones, con un diseño político centrado en un único objetivo:
Evitar que cualquier individuo controlara el estado.
Junto a Venecia, existieron una serie de repúblicas de ciudades-estado italianas:
- República de Florencia (1115–1532)
- República de Génova (1005–1797)
- República de Pisa (siglos XI-XIII)
Sus destinos fueron diferentes, pero su punto en común es muy claro:
En Europa, la monarquía nunca fue la única opción política.
Cuando la república se adentró en el mundo del comercio
Fuera de Italia, el espíritu republicano se difundió por otra vía: el comercio.
La Liga Hanseática, activa entre los siglos XIII y XVI,
no era un país, sino una alianza de ciudades autónomas.
Sus miembros principales eran un grupo de ciudades libres sin monarcas hereditarios:
- Lübeck (el núcleo de facto)
- Hamburgo, Bremen
- Riga, Tallin
- Danzig (Gdańsk)
- Estocolmo, etc.
Estas ciudades organizaban el poder y el orden a través de consejos, contratos y negociaciones, demostrando una importante experiencia republicana:
Un estado no necesita depender del poder real para mantenerse;
las reglas, el crédito y la negociación también pueden formar un orden estable.
Esta experiencia influyó profundamente en el posterior sistema de ciudades libres y en la tradición del derecho mercantil, convirtiéndose también en un prototipo temprano de la lógica organizativa de las comunidades económicas modernas.
De Europa a América, y de vuelta a Europa
Llegado el siglo XVIII,
estas experiencias republicanas dispersas por toda Europa
fueron integradas sistemáticamente por primera vez.
Estados Unidos no creó el sistema republicano de la nada,
sino que extrajo nutrientes maduros de la historia europea:
- El lenguaje republicano y el equilibrio de poderes de Roma.
- La experiencia de autogobierno de las ciudades-estado europeas.
- La tradición parlamentaria británica.
- Los conceptos de estado de derecho y derechos de la Ilustración.
La innovación de Estados Unidos fue: plasmar estas experiencias en una constitución escrita,
convirtiendo la república en un sistema de estado-nación replicable y sostenible.
Y este modelo republicano moderno, ya probado en la práctica,
pronto cruzó de nuevo el Atlántico para influir en el continente europeo.
La Revolución Francesa: la configuración moderna de la tradición republicana europea
En 1792, se fundó la República Francesa.
Francia no fue la primera república de Europa,
pero fue el primer régimen moderno en Europa que estableció explícitamente la “república” como la única fuente de legitimidad del estado.
Esta transformación no ocurrió de forma aislada.
Lafayette,
quien participó personalmente en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, trajo de vuelta a Francia la experiencia práctica republicana.Thomas Jefferson,
como embajador de Estados Unidos en Francia, participó profundamente en el intercambio de ideas de la Revolución Francesa.Las formulaciones sobre derechos, soberanía y ley en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de Francia
compartían un alto grado de afinidad espiritual con la Revolución Americana.
Durante el proceso revolucionario, los jacobinos impulsaron la práctica republicana con la soberanía popular y los derechos ciudadanos como conceptos centrales, pero en el contexto de la guerra y las presiones internas y externas, la práctica política derivó gradualmente hacia el mantenimiento del orden mediante el terror.
Francia experimentó posteriormente el ascenso de Napoleón como emperador, la restauración de la monarquía y nuevas repúblicas, hasta que a finales del siglo XIX, la república se consolidó finalmente como la forma fundamental del estado.
Conclusión
La democracia europea no es un destello accidental en la historia,
sino el resultado de más de dos mil años de práctica, sedimentación y selección repetidas.